"When Princess Europa was kidnapped by Zeus in bull’s disguise, her father, Agenor, King of Tyre, sent his sons in search of his lost daughter. One of them, Cadmon, sailed to Rhodes. In Delphi he asked the Oracle about his sister’s whereabouts. On that specific point Pythia, true to her habit, was evasive -but she obliged Cadmon with practical advice: "you won’t find her. Better get yourself a cow, follow it and push it forward, don’t allow it to rest; at the spot where it falls from exhaustion, build a town".
Zygmunt Bauman



dimarts, de setembre 16, 2008

I want my flag back

Se ha dicho con la boca demasiado pequeña que el Tratado de Lisboa suprime los símbolos comunitarios. Todos sabemos como es la bandera de la Unión, su himno, su lema y la moneda para muchos de sus miembros. Pero poco se ha informado (y poco ha interesado) que por primera vez el Tratado de Lisboa no haga referencia a estos símbolos. No es de extrañar. La identidad europea es hoy un tema tabú, del que se habla a hurtadillas y del que se ha escrito más que no discutido o debatido. Si añadimos a esta situación el contexto específico del Tratado de Lisboa, ideado para rebajar y suavizar la Constitución fallida, el resultado es que hemos “perdido” la mención a dichos símbolos.

El tema de fondo cuando hablamos de símbolos europeos no es otro que el de averiguar qué forma nuestra identidad “europea”. Ya se trate de valores, como opinan algunos, de nuestro pasado histórico o de nuestros lugares de memoria comunes (como insiste la ministra francesa de cultura Christine Albanel con su nueva propuesta de red de lugares y monumentos de “simbolismo histórico”).

Es impresionante (y casi inagotable) la cantidad de respuestas diferentes que se han dado a la pregunta de la identidad (y en cierto modo “cultura”) europea. No es una pregunta menor al fin y al cabo pues la identificación del pueblo como tal, como pueblo y soberano es el primer paso en la construcción de un proyecto político. Al menos cuando se trata de un proyecto democrático.

No deja de ser significativo en ese sentido como las identidades “nacionales” que conocemos hasta el momento han sido fruto de una simbología que cada Estado, comunidad o región decidió reivindicar en un momento dado para unificarnos e identificarnos como “pueblo”, como portador legítimo de las reivindicaciones que han traducido nuestros partidos y representantes políticos.

Los nacionalismos son principalmente construcciones políticas y sociales que poco tienen que ver con determinismos históricos. Creamos símbolos nacionales antes que nada para convertir lo impersonal en personal y así unirnos, creando un sentimiento común y compartido.

Para la Unión Europea no creo que sea un caso distinto. Por mucho que les desagrade a nuestros deterministas, la identidad europea será fruto de un proyecto político que necesite unirnos, que necesite anclarse y legitimarse en un "pueblo" europeo. Necesidad que mientras sigamos anclados en la lógica tecnocrática, alejada de los principios democráticos, no existirá.

Es muy pertinente preguntarse y abrir el debate de que debería formar parte de esa identidad europea, qué elementos, mitos, rituales, artistas, científicos, momentos históricos valdría la pena resaltar. Está muy bien identificar símbolos que podrían hermanarnos, que nos hicieran sentirnos partícipes de un pueblo europeo, de una “nación europea”, marcando un precedente y yendo más allá del rígido marco del “Estado-Nación”.

En ese sentido tenemos donde escoger, de eso no hay duda: desde la herencia de la científica y racional Atenas a la espiritual Jerusalén, desde los cafés literarios y el mundillo cultural francés de Sartre a las ex repúblicas soviéticas, desde el fin de la Guerra Fría a Einstein, Mozart y Shakespeare. Y como no, desde nuestro proyecto de Unión Europea más actual hasta la lucha por “gobernar la globalización” como decía Nicolás Sartorius en uno de sus últimos artículos.

Si, ese debate es tan necesario como pertinente. Pero corremos el riesgo que quede en un envite académico estéril si no existe una voluntad política integracionista detrás, si no damos paso a un sistema educativo uniformizador (que no es contrario de plural, sino de dispar) y europeísta, un espacio público comunitario, una prensa verdaderamente “europea” y una clase política con vocación continental (como insistía en mi artículo de LV “El Al Gore europeo”). Pues esos son los elementos a priori de base para que podamos un día crear una identidad europea. Lo que decidamos poner dentro de ella dependerá de que se den estas circunstancias, y no al revés.

Falta que cada uno de nosotros, políticos y ciudadanos, nos preguntemos si estamos dispuestos, si queremos y si nos sale a cuenta crear esta identidad europea. Yo, la verdad, no tengo la menor duda de que sí, pero eso ya es otro post...