"When Princess Europa was kidnapped by Zeus in bull’s disguise, her father, Agenor, King of Tyre, sent his sons in search of his lost daughter. One of them, Cadmon, sailed to Rhodes. In Delphi he asked the Oracle about his sister’s whereabouts. On that specific point Pythia, true to her habit, was evasive -but she obliged Cadmon with practical advice: "you won’t find her. Better get yourself a cow, follow it and push it forward, don’t allow it to rest; at the spot where it falls from exhaustion, build a town".
Zygmunt Bauman



dilluns, d’octubre 24, 2011

Obama, el Nobel y Palestina

Post publicado en El Europeo, el 23.10.11

El presidente de EE.UU. hizo gala en 2009, cuando recibió el premio Nobel de la Paz, de una visión diplomática que ahora no quiere, o no puede cumplir. Su credibilidad está en juego, y sin Obama, el margen para la paz se reduce drásticamente. También en Oriente Medio.
Leandro Bierhals (CC)
El 7 de octubre se anunciaron que las ganadoras del Premio Nobel de la Paz 2011 eran la liberiana Ellen Johnson Sirleaf, su compatriota y militante por la paz Leymah Gbowee y la yemení Tawakkul Karman. Barack Obama recibía hace exactamente dos años, el 8 de octubre de 2009, el mismo honor. La historia ha querido que estas dos fechas, estos dos meses de octubre de 2009 y 2011 estén relacionados con dos de las Asambleas Generales de la ONU más importantes de los últimos tiempos. El 23 de septiembre de 2009 Obama hablaba por primera vez como Presidente en la 64ava Asamblea General, y hace escasos días, el 21 de septiembre, volvió a tomar la palabra en la mediática 66ava Asamblea General donde Abbas pidió que la ONU reconociera el Estado palestino.


 
La repetición de los eventos y el paralelismo institucional entre el Nobel y las Asambleas Generales forma parte de esa serie de coincidencias históricas que se prestan al ejercicio de hacer cierto balance, a evaluar algunos de los desafíos contemporáneos con cierta perspectiva.

Repasemos por ejemplo el discurso de Obama en esa 64ava Asamblea General de 2009. El flamante nuevo Presidente lanzó tres reflexiones que merecen ser recordadas. La primera, que la solución para el conflicto Israeli-palestino sólo podía tener un desenlace: el fin de la violencia hacia Israel, y el reconocimiento legítimo de un Estado Palestino (parafraseando en ingles: ‘And the goal is clear:  Two states living side by side in peace and security -- a Jewish state of Israel, with true security for all Israelis; and a viable, independent Palestinian state with contiguous territory that ends the occupation that began in 1967, and realizes the potential of the Palestinian people’ (…), ‘We continue to call on Palestinians to end incitement against Israel, and we continue to emphasize that America does not accept the legitimacy of continued Israeli settlements’).
La segunda reflexión la hizo al principio de su intervención, cuando afirmó que los discursos por si sólos no solucionaran nuestros problemas sino nuestra ‘acción persistente’  (‘Speeches alone will not solve our problems, it will take persistent action),  a lo que añadió un poco más tarde que todos, no sólo los palestinos y los israelís, debemos preguntarnos si vamos en serio con la paz, o sólo lo utilizamos como retórica (‘But all of us -- not just the Israelis and the Palestinians, but all of us -- must decide whether we are serious about peace, or whether we will only lend it lip service).
La tercera reflexión está relacionada con esa idea de que ‘todos’, no sólo los actores implicados, pueden jugar un papel determinante. Al final de su discurso, Obama hizo una ferviente defensa de la ONU. Apostó por una plataforma internacional donde no se discuten temas atemporales, sino un lugar que se erige como fuente de autoridad moral (‘The United Nations can either be a place where we bicker about outdated grievances, or forge common ground; a place where we focus on what drives us apart, or what brings us together; a place where we indulge tyranny, or a source of moral authority’).

Hace dos años Obama recibió el Premio Nobel entre otras cosas por la ‘visión’ de la diplomacia internacional que presentó en ese discurso.  El Comité de los Nobel así lo consideró y el mismo Obama, al aceptar dicho galardón, insistió que lo recibía como una llamada a la acción ‘call for action’, y no un reconocimiento de algo que según él, todavía no había logrado. Junto con el discurso que había pronunciado unos meses antes en El Cairo –donde repitió casi palabra por palabra las frases que emplearía más tarde en la ONU- Obama se erigía como un líder contundente, con un plan, y con las capacidades de llevarlo a cabo. Obama ofrecía un nuevo camino basado en la idea de ‘decir lo mismo en público que en privado’, con la verdad por delante, creyendo en ciertos valores ‘universales’, y con la integridad de alguien que cree en ellos. Era un Obama ‘libre’.

Hubo un discurso más que hay que recordar y que, con retrospectiva, es especialmente decisivo. El 10 de diciembre de 2009 Obama, en su discurso como ganador del Premio Nobel, insistió en un elemento que desde el punto de vista teórico cambiaba drásticamente el paradigma internacional en el cual la estrategia norteamericana se ha asentado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Obama insistió que la comunidad internacional debe desarrollar alternativas que sean suficientemente fuertes como para cambiar el comportamiento de las naciones. A lo que añadió que si queremos una paz duradera, entonces el posicionamiento y las palabras de la comunidad internacional deben cobrar relevancia. La intransigencia debe ser combatida con mayor presión, y dicha presión sólo existe cuando el mundo actúa de manera unida (‘(…) in dealing with those nations that break rules and laws, I believe that we must develop alternatives to violence that are tough enough to actually change behavior – for if we want a lasting peace, then the words of the international community must mean something. Those regimes that break the rules must be held accountable. Sanctions must exact a real price. Intransigence must be met with increased pressure – and such pressure exists only when the world stands together as one’).

Dos años después, en 2011, de nuevo ante una Asamblea General, Obama habló relativamente poco del conflicto Israeli-palestino, a pesar de ser una de las cuestiones más mediáticas de la Asamblea. No mencionó los asentamientos, como lo había hecho en anteriores ocasiones, y lanzó dos reflexiones que a la luz de los fragmentos que he descrito anteriormente, no siguen un razonamiento ‘lógico’.
El primero, que la paz no llega a través de resoluciones de la ONU (‘Peace will not come through statements and resolutions at the UN – if it were that easy, it would have been accomplished by now’), y el segundo que los que deben tomar cartas en el asunto son los interesados, y no el resto de actores internacionales (‘Ultimately, it is Israelis and Palestinians – not us – who must reach agreement on the issues that divide them: on borders and security; on refugees and Jerusalem’). Con ese razonamiento Obama ejemplificó su rechazo a la propuesta palestina, anticipando la posibilidad de utilizar, de manera ‘unilateral’, su capacidad de veto en el Consejo de Seguridad.

Con un poco de retrospectiva, y más allá de las ‘razones’ por las cuales puede haber existido un cambio de ‘posición’, los discursos del presidente estadounidense y sus argumentos en 2009 no corresponden con los esgrimidos en 2011. Obama, de alguna forma, ha dejado de ser ‘libre’.

Lo más curioso del caso es que según como avance el transcurso de los eventos en los próximos meses, y más concretamente en relación al conflicto israelí-palestino, es probable que Obama acabe por probar de su propia medicina, o más aún, se vea confrontado a una contradicción ideológica y teórica tan profunda, que pierda toda su credibilidad internacional. Obama, al hacer el discurso de El Cairo, al aceptar el Nobel haciendo gala de multilateralismo, al erigirse durante su primer año de mandato como el presidente a la vez de los americanos y de ‘todos’, al aceptar un cierto papel de profeta del nuevo orden mundial, al atreverse a poner en entredicho años y décadas de realismo en el marco estratégico de las relaciones internacionales, se ha condenado a sí mismo. El idealismo puede llegar a ser una lógica cruel, que obliga a aquellos que la defienden a pregonar con el ejemplo y que deja a la superficie nuestras contradicciones y nuestras debilidades. Por aquello de decir en público lo que se dice en privado. Obama no tiene alternativa y al igual que Saturno devoró a sus hijos por miedo que le quitasen el trono, también es probable que el Obama de 2011 sea quién acabe con su propia versión de 2009.

La Unión Europea, por eso de que escribo sobre ella todos los meses, hace gala una vez más de que a diferencia de Obama en 2009, nunca se ha llegado a ni tan siquiera cuestionar una estrategia que no pase por la lógica intergubernamental y manteniendo cierta visión realista –en su sentido teórico- de las relaciones internacionales. Que conste que no es por falta de oportunidades. Sólo hace falta releer el artículo de Javier Solana que escribió con el también Premio Nobel Martti Ahtisaari (coincidencias del destino), sobre las 10 razones por las que Europa debería apoyar la propuesta palestina.

Pero de Europa no hablo hoy. Lejos parece el día en que el ideal europeo y nuestro proyecto de construcción comunitaria puedan merecer un reconocimiento como el Nobel. Deberemos seguir limpiando el que le dieron al americano ‘Marshall’ por su plan de reconstrucción en 1953, o el que recibió  Willy Brandt en un día ya muy lejano de 1971...