"When Princess Europa was kidnapped by Zeus in bull’s disguise, her father, Agenor, King of Tyre, sent his sons in search of his lost daughter. One of them, Cadmon, sailed to Rhodes. In Delphi he asked the Oracle about his sister’s whereabouts. On that specific point Pythia, true to her habit, was evasive -but she obliged Cadmon with practical advice: "you won’t find her. Better get yourself a cow, follow it and push it forward, don’t allow it to rest; at the spot where it falls from exhaustion, build a town".
Zygmunt Bauman



dilluns, de juny 18, 2012

A falta de liderazgo, miedo



El miedo es un instrumento político de primerísimo nivel. Nuestras decisiones se basan a menudo en el estira y afloja entre nuestros valores y nuestros miedos, sobre todo cuando estos nos empujan hacia senderos que no corresponden con nuestros principios. Es probable que el ‘miedo’ no tenga por qué ser siempre ‘dañino’ en política. Nuestros miedos también pueden ayudarnos a ser más reflexivos, a responsabilizarnos, a no dejarnos cegar por la tentación del fanatismo o de la arrogancia intelectual. Con todo, hemos llegado a un punto donde hay indicios para pensar que el ‘miedo’ ha suplantado al ‘liderazgo’ como motor que orienta la política europea en los últimos meses. 

A principios de mes los irlandeses votaron claramente a favor del pacto de disciplina fiscal. Algunos se esforzaron en ofrecer una lectura optimista, argumentando que detrás del sí lo que había era un espaldarazo a Europa y a la ‘recuperación’. The Guardian lo tituló ‘a Yes for recovery’. Los mismos reportajes sin embargo dejaban poco lugar a dudas de que las motivaciones de los electores habían sido principalmente, motivaciones provocadas por diferentes miedos. Miedo a que se congelaran las medidas de rescate, miedo al ostracismo, miedo a perder nuestro modelo social, incluso miedo hacía las propias instituciones y sociedad irlandesa.

Pero de entre todos los miedos sobresalía el de no saber qué hubiese pasado si hubiera ganado el ‘no’. El miedo a no saber si hay alternativa. Y allí es donde está cobrando una dimensión nueva en Europa. Ya no se trata de un miedo ‘en positivo’, ese que nacía de las diferentes tensiones entre nuestros intereses particulares y colectivos. Se trata de un miedo ‘en negativo’, el que no ofrece opción, el que te da a escoger entre el ‘buen’ camino y el barranco, el caos. El que te empuja a perder el núcleo de la base misma de la teoría democrática, que no es otro que la libertad de elegir.

Las elecciones en Grecia han tenido un cierto tintineo similar. Probablemente desde la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia por allá el año 2002 (entre Le Pen y Chirac), el miedo no jugaba un papel tan central en unas elecciones en Europa (y aun así el ejemplo se queda corto pues el shock acabó primando por encima de otras emociones). El principal campo de batalla en Grecia no ha sido el de las ideas. Y tampoco ha jugado un papel determinante, al menos desde fuera del país, la situación social a pesar de la desesperación colectiva creciente y falta de esperanza que se vive. Y es muy fácil escribirlo.

Llegados aquí hay que pararse un momento y recordar una vez más dos básicos.
El primero es que en política no hay caminos ‘buenos’ ni ‘malos’. Hay diferentes caminos en función de las diferentes opciones ideológicas, intereses y equilibrio de poderes que existen en nuestras sociedades. Hay que irse con mucho cuidado al opinar sobre ‘lo que es necesario, lo justificable y lo justo’. Un modelo que tiende a olvidar oficiosamente esa pluralidad se encamina hacia la arbitrariedad, campo de abono para que broten los amaneceres más oscuros...

Y el segundo punto, todavía más importante, una idea de Europa que ‘empuje’ a las diferentes naciones hacia un camino sin alternativa está corriendo el riesgo que en el futuro las virtudes del proyecto político se desfiguren y se acabe por poner en tela de juicio la propia legitimidad del sistema. Y eso, más que para cualquier otro, también vale para un sistema que se diga democrático y base su legalidad en las urnas. ‘Votar’ ha sido siempre algo más que un trozo de papel. La Unión Europea debe ofrecer alternativas, debe ofrecer debate, y debe ofrecer un sistema de decisión que no esté basado individualmente en el poder moral y económico entre acreedores y deudores, grandes y pequeños, norte-sur, occidentales-orientales.

Para aquellos que entre sus ideales políticos consta la necesidad de construir una Europa más integrada, más unida, más democrática y más federal, la situación actual es especialmente horripilante. La Unión no se juega sólo salir o no de la crisis. Se juega su esencia. Se juega la capacidad de seguir reinventándose en los años venideros. Nos jugamos la capacidad de seguir construyendo.