"When Princess Europa was kidnapped by Zeus in bull’s disguise, her father, Agenor, King of Tyre, sent his sons in search of his lost daughter. One of them, Cadmon, sailed to Rhodes. In Delphi he asked the Oracle about his sister’s whereabouts. On that specific point Pythia, true to her habit, was evasive -but she obliged Cadmon with practical advice: "you won’t find her. Better get yourself a cow, follow it and push it forward, don’t allow it to rest; at the spot where it falls from exhaustion, build a town".
Zygmunt Bauman



dilluns, d’octubre 29, 2012

El acuerdo escocés

(Publicado en Sesióndecontrol.com, 29.10.12).
Éste es el primer post de una colaboración periódica sobre actualidad política del Reino Unido y Europa. 


El pasado 15 de octubre el primer ministro escocés, Alex Salmond, y el ‘prime minister’ del Reino Unido, David Cameron, firmaron un acuerdo para celebrar un referéndum sobre la independencia en 2014. El ‘Edinburgh Agreement’. Se comprometieron a ‘respetar el resultado’. El acuerdo rubrica la legalidad y legitimidad jurídica de la consulta. En cuanto a la legitimidad ‘política’, el propio Cameron la aceptó explícitamente:  

“Siempre he querido respetar el pueblo de Escocia: votaron por un partido que quería un referéndum y yo lo he hecho posible asegurándome que sea decisivo, legal y justo”
 El acuerdo cierra una negociación histórica y abre otra muy distinta, de naturaleza política. Se inicia una ‘campaña’ de dos años –aunque la oficial sólo se lance 16 semanas antes de la consulta. Todos los partidos se la juegan, especialmente el Scottish National Party.

Para entender el punto de salida vale la pena recordar dos elementos. El primero hace referencia a la relación entre Escocia y el rUK (rest of the UK, como dicen los escoceses). Escocia es una nación. Punto y aparte. Eso no se discute en Londres. El segundo es que el campo ‘unionista’ ha sabido –de momento- evitar generalizaciones y salidas de tono. Le tienen bien tomado el pulso al pueblo escocés. Sensación de respeto y prioridad a la confrontación de ideas, esas son las dos bases y con ellas se apuesta por desactivar la campaña ‘emocional’ y dejar a un lado los argumentos viscerales, identitarios o románticos. Lo dice Stephen Noon, el responsable de la estrategia de la campaña pro-independencia:   

“Para el pueblo de Escocia, el voto no es sobre la bandera que alzamos, sino sobre el futuro del que queremos formar parte” 

Y la consecuencia es clara: la batalla será ideológica. Se hablará de ‘futuro’, se hablará de recursos económicos, de los grandes temas que afectan el día a día de los escoceses. Se hablará de los posibles desafíos en la práctica (como la moneda, la posibilidad de integración en la Unión Europea, de la ‘defensa’, de la figura del jefe del Estado…). En ese sentido Alex Salmond era el que apostaba por tener un tiempo ‘largo’, de dos años para hablar de todos estos temas. Para ‘convencer’. Es la estrategia de alguien que cree en sus argumentos. Pero a ojos de como se ha desarrollado la primera semana se enfrenta a una tarea titánica porque en política todo es contestable, todo puede ser frágil.

Hace unos días dimitieron los diputados John Finnie y Jean Urquhart a raíz del giro de 180 grados que aprobó el SNP en relación al tradicional antagonismo con la OTAN. Y el viernes se descubrió que el gobierno escocés no ha pedido consejo legal sobre la posible membresía en la Unión Europea, desdiciendo así a Salmond y poniendo en entredicho la credibilidad y seriedad de su equipo. ‘EU liar‘ (“mentiroso”) llegó a titular The Sun Scotland. ‘Salmond’s darkest day‘ (“El día más negro de Salmond”), tituló The Herald Scotland. En política pasa eso. No hay verdades orgánicas, ni el refugio identitario que prevalezca por encima de la opinión subjetiva de uno u de otro.

Así como están las cosas parece que de momento tanto los unionistas como los nacionalistas (por utilizar el vocabulario local) apostarán por debatir sobre qué futuro quieren, no sobre quiénes son. Ese es el debate probablemente más maduro para una comunidad que aspire a grandes dosis de democracia y modernidad. Pero también es una opción que exige respeto, que exige una gran responsabilidad y profundidad, y que exige, sobre todo, la valentía de reconocer que se puede perder. Que los diez primeros días post-acuerdo sirvan de ejemplo.